Queridos feonautas :
Al final ha resultado que mi entrada en la reunión de editores como un elefante en una cacharrería ha tenido un efecto positivo. Mi discursito en defensa de mi jefe parece que tocó las fibras más sensibles del corazón de su madre y ella le ha prestado el millón de euros que necesitaba para cumplir con los mexicanos y no despedir a ninguno de los trabajadores de Bulevar 21. Y es que no hay nada más fuerte que el amor que siente una madre por sus hijos. Es el instinto natural de protección que hace que la gallina meta a los polluelos debajo de su ala. Si hubiera sabido antes que esta señora tnía tanto dinero hubiera acudido directamente a ella mucho antes y seguramente me hubiera ahorrado un montón de problemas.
Esta, que es una noticia buenísima, sin embargo tiene para mi un sabor a comida de domingo en el restaurante chino “Gran Muralla” que hay en mi barrio, es decir, agridulce. La huelga ha terminado pero sus efectos secundarios creo que se van a hacer notar durante mucho tiempo. El primero y que me toca a mi directamente es que mi jefe ahora me trata como a una extraña, me niega su sonrisa, está más seco que un polvorón de la cesta de las navidades pasadas. Siento que vivo en el interior de un congelador, como Michael Jackson. Echo de menos los tiempos en los que todo eran sonrisas, en los que su cara estaba a solo unos centímetros de mi boca, en los que trabajabamos codo con codo en noches interminables y llegaba a abrazarme. Los tiempos en los que me decía que yo era la persona en la que más confiaba. Siento mucha tristeza al pensar que todos esos momentos se han perdido como lágrimas en la lluvia y que es posible que no vuelvan nunca más.
Bueno, feonautas tengo que dejaros. Hay que sacar adelante el número de la revista para que esté puntual a su cita con los lectores. El trabajo es el trabajo. Hasta mañana.
Una fea con un sabor agridulce
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